Mabel Borghetti vive en Buenos Aires, Argentina, y conjuga el ser madre (dos hijos) con el ejercicio de su profesión. Es psicóloga clínica; actualmente es titular de una cátedra en la Universidad. Expositora en numerosos congresos, ha publicado muchos trabajos científicos en su especialidad. Desde 1994 dirige Retorno. Espera que su colaboración en Caminemos Juntas ayude en la formación de jóvenes, y para que el Señor sea el centro de sus vidas.

Ser cristianas hoy.
Un desafío frente al Nuevo Orden Moral imperante

Por Mabel Borghetti

SABEMOS QUE SER CRISTIANO REPRESENTÓ SIEMPRE UN DESAFÍO frente al mundo en que se vivía. Las Sagradas Escrituras relatan la vida de aquellos primeros cristianos, muchos de los cuales dieron hasta su vida por extender el Reino del Señor, en medio de una sociedad idólatra. Fueron los mártires del cristianismo. Sufrieron persecuciones, maltratos, prisión, pero no claudicaron en obedecer a Aquel que les había encomendado ir y predicar el evangelio.

Los siglos pasaron, en nuestro entorno cercano (mi país o Europa Occidental) ya no hay mártires por causa del Señor, pero es innegable que estamos ante situaciones similares: enfrentarnos a una sociedad que presenta nuevos códigos morales en forma globalizada, en todo el planeta, los cuales están muy alejados del pensamiento de Dios.

¿Qué hacer? ¿Los aceptaremos o resistiremos movidos por nuestros principios cristianos?

Vivimos un proceso de globalización que afecta todos los órdenes del quehacer humano, y mediante el cual se nos impone un nuevo orden moral universal que pretende echar por tierra los principios divinos.

Veamos algunos de los ataques actuales a nuestra fe:

Estamos, tal como lo ven los analistas de nuestro tiempo, frente a una radical revolución sexual, que tuvo su comienzo en países desarrollados, pero que actualmente aceptan los de menor desarrollo.

Esta revolución sexual representa en todas sus manifestaciones un ataque frontal a la familia, la conformada por la unión del hombre y la mujer.

¿Cuáles son los argumentos que escuchamos hoy?:

a) Se nos presentan como válidos y aceptables, nuevos “tipos de familia”, que no están necesariamente formados por la unión de un hombre y una mujer, sino por dos hombres o dos mujeres, los cuales, con técnicas artificiosas y artificiales, pueden hasta procrear. Ya se encuentran en los libros de texto escolares induciendo al educando a que se acepten como un estilo de vida saludable.

¿Qué respondemos nosotras como cristianas a esto?

La familia, tal como fue formada por Dios, esta constituida por la unión de un hombre y una mujer, los que darán nacimiento a los hijos. No aceptamos como válido otro tipo de uniones porque son contrarias a la ley divina y a la ley impuesta por la naturaleza.

b) Se nos quiere imponer la ideología del género. Esta teoría la exponen principalmente las feministas de género. Constituye un nuevo modo de ver al ser humano. Expresan que el género se construye y es diferente según las culturas; así se puede nacer hombre biológicamente y construirse como mujer y viceversa. Parece un cuento, no lo es. Lo grave es que lo intentan imponer a los ciudadanos (estos días llegó a mis manos el proyecto de reforma del Estatuto de Andalucía que expresa: “toda persona tiene derecho a que se respete su identidad de genero. Se promoverán políticas que garanticen el ejercicio de este derecho”), o sea, se promoverán y defenderán distintas “orientaciones sexuales”. Para la ideología del género no hay un determinismo biológico, para ella la naturaleza estorba.

¿Qué respondemos como cristianas a esta ideología?

Que el género masculino corresponde al condicionamiento genético de hombre y el género femenino al de mujer. Pensarás que es una verdad de perogrullo. Sí, parece mentira que exista la necesidad de expresarla. No se puede ir contra la ley natural impuesta por Dios. No hay más que dos géneros: masculino y femenino, y si bien es cierto que las diferentes culturas influyen en el desarrollo de roles correspondientes a cada uno, en toda cultura queda claro la concesión de lo masculino y lo femenino.

c) El “matrimonio” homosexual
En algunos países aún no se llaman matrimonios, sino uniones civiles, las cuales se encaminan al mismo propósito.
El diseño divino del cuerpo del hombre y la mujer tuvo en cuenta su complementariedad, pensados para una unión perfecta de ambos. No se trata de superioridad de uno frente al otro, ambos tienen los mismos derechos, deberes y privilegios.

No podemos reconocer “el derecho a elegir la orientación sexual que se quiera”.

El ser humano debe desarrollar una evolución psicosexual que si se cumple normalmente el hombre se inclinará hacia el sexo femenino y la mujer al masculino. Si hay tropiezos (de diferentes índoles psíquicas o físicas) en esta evolución, habrá dificultades en el logro de la identidad sexual y la orientación sufrirá un desvío. Pero esa dificultad puede ser tratada, pueden encontrarse las causas que le hicieron tomar otro rumbo y encaminarse a una sana identidad.

Felizmente, hay muchas personas que dejaron la homosexualidad, comprendieron que no nacieron con esa inclinación, que la misma se fue formando a lo largo del proceso evolutivo y que hay un camino de retorno. Para poder lograrlo, es necesario que la persona quiera cambiar, desee no continuar ese sendero, que sólo trae confusión y angustia; se proponga encauzar su inclinación con la ayuda de Dios, y volverse de ese camino.

¿Qué respondemos nosotras como cristianas a esto?

Que la homosexualidad es una conducta reprobada por Dios en el Antiguo y el Nuevo Testamento, se habla de esta conducta y se reprueba.

No se trata de “discriminar” al homosexual. Como toda persona, merece nuestro respecto y consideración; pero no compartimos su conducta porque es contraria a la ley natural creada por Dios.

d) Unida a esta demanda de reconocimiento, esta el reclamo de otro “derecho”: el de adoptar niños por parte de uniones homosexuales.

Se utilizan argumentos falaces o de verdades a medias; por ejemplo, expresan que un niño lo que necesita es amor y ellos están dispuestos a dárselo.

Es cierto que un niño necesita amor, pero un amor diferenciado de padre y madre. En esto está la diferencia con una mascota en el hogar, la misma también necesita cariño de sus dueños, pero para ella, es indiferente quién se lo brinde, porque no necesita el proceso de identificación con padre y madre. El niño sí necesita de estas figuras identificatorias por excelencia, las cuales facilitarán su identidad sexual.

El daño psicológico de un niño criado en un hogar de unión homosexual es imprevisible. Aunque se expongan estudios que quieran revelar lo contrario, los mismos son estadísticas hechas sin rigor científico y aún no tienen estudiada la etapa de la adolescencia, donde la búsqueda de identidad se torna imperiosa.

e) El derecho de la mujer a abortar. Se argumenta que con su cuerpo puede hacer lo que quiere; se olvidan que el niño tiene derecho a nacer. Las que defienden el aborto consideran violencia contra ellas, no permitirlo, no teniendo en cuenta que no hay acto de mayor violencia y discriminación que decidir quién nace y quién no.

¿Qué respondemos nosotras como cristianas a esto?

Que la vida y la muerte están en manos de Dios. El aborto responde a la cultura de la muerte y viola el mayor derecho que tiene todo ser humano, el de la vida.

Frente a estas y muchas ideologías más que nos presenta la sociedad en que vivimos, nuestro desafío es en todo tiempo defender y vivir nuestras convicciones cristianas.

Seguir el ejemplo de discípulos como Pedro, que ante el Concilio al que fue llevado, pudo expresar: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres.” Que así sea en nuestra vida.